En boca cerrada no entran calorías

Consuelo Silva, columnistaMarzo comenzó sin gloria. Con pena sí y harta por el terremoto que ocurrió al terminar febrero y que seguro perdurará por todo el calendario. Como partimos así, varias cosas de las que hacemos habitualmente al aparecerse el tercer mes del año, quedaron postergadas. Pero los plazos siempre llegan. Y el mío llegó.

Con el correr de los días, me di cuenta que llegaba el otoño y había que hacer el tradicional cambio de ropa de temporada. Abrir maletas y cajas para re instalar en el closet la ropa abrigada con que resistiremos estos meses.

Mientras las chalitas y el kit playero van a hibernar, repongo las chaquetas en sus colgadores, pantalones, camisetas, y las adoradas y nunca suficientes botas toman su lugar. Selecciono los in & out de la época y hago la prueba de vestuario con las tenidas entrantes. Un minuto después, horror: hay que hundir demasiado la panza. Insisto: demasiado. Cuando recupero el aliento perdido entre los botones de mi ropa ahora estrecha viene una voz a mi mente, una sentencia: necesito dieta.

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