Una generación tuerta

Leo con pavor que ya son más de 160 los manifestantes con trauma ocular severo por disparo de bala o perdigón. Esto no puede ser coincidencia. La orden parece clara: disparen a la cara de los manifestantes. Así lo van a pensar dos veces antes de salir a protestar.

De estudiante participé activamente en las manifestaciones. Entonces la consigna era la de arancel diferenciado, es decir, una solicitud de subsidio del costo de estudiar para quienes no podían pagarlo. Dichas manifestaciones las vivía como un rito en el que la reivindicación de un derecho y la realización de un sueño de justicia se conjugaban con cuestiones lúdicas y románticas. Recuerdo esas marchas como fiestas no carentes de peligros, porque en esa época, bajo los gobiernos de Frei y Lagos, la represión también era brutal.

La presencia de militares en las calles, los múltiples videos de una crueldad indecible, las denuncias de tortura y abusos sexuales que se han generalizado hasta la normalización. A las tristes evidencias en las que vemos cómo militares balean a un joven completamente inmovilizado, o los brutales apaleos de carabineros a personas que en el suelo deben soportar la paliza con las manos en la cabeza, debemos sumar otras imágenes que no veremos y que tienen lugar donde las cámaras no llegan. Y esto, aunque no sea nuevo, ha significado una proliferación del terror represivo. De alguna manera lo que hace años se vive en la Araucanía, se traslada ahora a todo Chile.

Desde el inicio de este inesperado pero necesario estallido social han convivido en varios de nosotros la alegría y el orgullo de un pueblo que despierta de un larguísimo letargo, y un miedo a la masificación de las violaciones a los derechos humanos. Los hechos parecen mostrarnos lo peor del poder, y el miedo crece al comprender que las cosas pueden aún empeorar y que el número de muertos y heridos puede aumentar.

Me duele tanto imaginar a algún o alguna de mis estudiantes volviendo de una marcha sin un ojo. Cuesta entender esta nueva y cruel forma de constante tortura que busca dejar a una entera generación de soñadores tuertos. Y lo peor de todo, lo que más cuesta digerir, es que pese a toda la evidencia, el aparato represor y el gobierno, confiados en la impunidad que da el poder, ni siquiera imaginan un cambio de actuar. Recientemente, en una clara señal de indolencia, carabineros disparó en contra de los fiscalizadores del Instituto Nacional de Derechos Humanos para que dejaran de interrumpir su trabajo represivo. Duele mucho lo que pasa en Chile. Duelen también los saqueos y el vandalismo, que a su vez parecen servir de excusa perfecta para aumentar los niveles de represión.

Ante la proliferación de policías de gatillo fácil quisiera insistir en una invitación al cuidado. Especialmente le pido a las generaciones más jóvenes que sigan manifestándose con originalidad y alegría. Que canten, bailen y enarbolen sus banderas de colores, pero sin olvidar que sus amigos(as), familias, profesores(as) y compañeros(as) los queremos vivos y sanos, y que no queremos mártires.

  • El autor es académico de la Universidad Central de Chile y es autor de “Cárceles y Pobreza. Distorsiones del populismo penal” (Uqbar, 2018), entre otros libros.

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