Termina un mal gobierno

Sí, termina un mal gobierno.

Al margen de los juicios de valor (propios de mi experiencia, mi actitud y mi mentalidad), un gobierno que fue malo porque -entre muchas, muchas otras cosas- comunicó mal.

Y en ello se incluye la alocución final de este miércoles que, como por ahí destacó Rodrigo Araya, lo resumía simbólicamente todo: un presidente solitario, lejos de la ciudadanía, despidiéndose de Chile a través de una cámara, imaginando una audiencia ideal, y pronunciando frases notoriamente impostadas, pese a que debe haberse autoconvencido de que su discurso fue histórico, de altura: el de un estadista.

Termina un gobierno que, es cierto, tuvo contextos complejos e irrepetibles, en lo social, lo económico y lo sanitario. Pero eso no basta como excusa. Gobernó, y se excusó, y comunicó mal siempre. En las buenas y en las malas.

Un gobierno que de entrada llegó a “rehacer” todo, porque supuestamente nadie -salvo ellos- sabían hacer las cosas bien, pese a que en aquel esfuerzo instalaron a demasiada de su gente que no sabía hacer las cosas bien. Ni siquiera sabía hacerlas, convengamos.

Pero -insisto- quiero hablar de comunicación. De un gobierno que nunca tuvo claro a quién gobernaba. Y por ende, a quien le comunicaba. Que nunca cambió el switch tras haber ganado la elección de la mano de una correcta campaña de marketing político, simple, directa, llena de consignas y frases prearmadas, cargada de promesas y hecha para lo que fue hecha: para conseguir un mayor número de adhesiones que su(s) rival(es) en la refriega electoral.

El tránsito, empero, hacia una comunicación pública (entendiéndola -entre sus múltiples acepciones- como un espacio para generar consensos entre gobierno y gobernados, construyendo un propósito, un sentido común y convocante) nunca llegó. El gobierno siguió embarcado en un tipo de comunicación hecha para la batalla: hablándole a buenos (“los que votaron por mí”) y renegando a malos (“los que no lo hicieron”).

Y era tan sencillo -en el papel-: había que hablarle a Chile.

No comprendió que “el poder se ejerce fundamentalmente construyendo significados en la mente humana mediante los procesos de comunicación” (Castells, 2009): no logró llamar a la ciudadanía, a nosotros, a construir esos significados. Negó el sentido primigenio de la comunicación: conectarnos, comprendernos, propiciar un espacio para la reunión de estas intersubjetividades.

Cuando quiso hablarle a Chile lo hizo desde el paternalismo, desde el miedo, desde la distancia y el tecnicismo. Nunca desde un “nosotros”, desde un proyecto común -o al menos transversal-, desde algo. Un afecto. Una pulsión.

Por el contrario, le declaró la guerra, lo mandó a comprar flores, lo reprendió, minimizó su sentir, lo tildó de irresponsable cuando se entusiasmó con apostar a los ahorros previsionales para salvar el día en momentos de apremio monetario. Hoy lo acusa de refundacionismo, por querer impulsar cambios -democráticos- en el status quo.

Sin empatía ni un genuino aprecio por el quién (aunque en realidad, tampoco por el qué ni por el cómo) finalmente, la comunicación pública desplegada por el gobierno denotó que nunca terminó de comprender al Chile que habitaba fuera de La Moneda y del núcleo Vitacura-Las Condes, lo que finalmente terminó ensuciando las estrategias de harto seso y pizarrón, pero poca calle.

No tuvo audiencia. Ni mensaje claro.

Y es que el fallo no fue contextual: no estuvo en la pandemia o el estallido social, como el mandatario nos quiso hacer creer este miércoles. Fue un fallo de origen. Estuvo en esta apatía comunicacional, construida desde la continuidad de una fría estrategia de marketing político con el que se ganó una elección, pero con una ejecución desprovista de arraigo y sentido hacia el otro, que no consiguió convocar ni persuadir, ni construir una base de legitimidad capaz de “socializar los sentimientos afectivos, las premisas racionales, las creencias religiosas o las expectativas de determinadas consecuencias-intereses” (Weber, 1979).

No supo gobernar, ni supo comunicar. “El mensaje es el mensaje”, también nos decía Castells, restando -para este caso- excusas posibles a las que echar mano.

No fue el cómo lo dijo, ni el dónde lo dijo. El gobierno, a fin de cuentas, nunca supo, ni le interesó, qué decirnos.

3 comentarios

  1. Que buen análisis del comportamiento de un gobierno lejano. Ponerse en el lugar del otro, eso es lo que solicito y deseaba la ciudadanía, de un gobierno que se va con el menor apoyo conocido.
    Gracias

  2. Muy claro y pertienente a la realidad de la que fuimos testigos privilegiados como ciudadanos.

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