
Esto comienza cuando las vidas de la dueña de casa Victoria Rojas Castro y el dentista Marcos Peña Espinosa cambiaron para siempre. El martes 7 de diciembre de 1943 llegó al mundo Álvaro Ernesto Peña Rojas, en el Hospital Deformes de Valparaíso, erigido donde actualmente está el Congreso Nacional.
Creció en el sector de Chorrillos junto sus padres y a su hermana mayor Sonia. Estudió en el colegio Mackay, donde la disciplina marcaba diferencia junto al inglés y la música. Nunca imaginó que sería un hecho que destacaría su vida. Sí, su vida. Así fue generando un apego musical con sus primeras clases de piano. Su padre fue el propulsor en la carrera musical: le compró sus primeros instrumentos.
Su canción refleja el lugar donde creció, aprendió y sufrió, como también la extensa masa de océano que lo baña: “Chorrillos en Viña del Mar, que me vio crecer; tu sol y hermosas playas y un rugiente y bravo extenso mar”.
Le encantaba ir a ver películas, hasta que un suceso quebró su niñez. Algo que nadie quisiera vivir, menos cuando pequeño. Ese episodio lo cuenta sentado en un local de Valparaíso, entre risas, como un niño: a los doce fue violado cuando iba de regreso a su casa desde un teatro cuando un sujeto de 30 años le ofrece contrabando, avisando que debían dirigirse hacia el sector de Sausalito.
“Entonces me dijo que había que tener cuidado en ese sitio oscuro y que si alguien preguntaba, él era mi tío. Yo era más ingenuo que no sé qué, creía a esa edad en el Viejo Pascuero y luego observa que en la oscuridad hay un tipo, tuvimos que escondernos en el hoyo, en el hoyo, en el hoyo mío pasó todo”, contó Peña en el documental ‘MIRE PARE ESCUCHE en Busca de Álvaro Peña’.
Su inocencia se vio fracturada cuando el desconocido comienza a sentirse nervioso, le pide que se baje los pantalones y el pequeño Álvaro comenzó a sentir un dolor en su ano. No había escapatoria. En su casa nadie supo de su abuso.
Como si nada hubiese ocurrido, su vida siguió.
Cuando ya tenía 18, su madre quería que fuese leal a la costumbre porteña, esa que varios aman y otros odian: pertenecer a la Armada. No le hizo caso y siguió los consejos del padre: ser músico. Eso lo llenaba. La trompeta llegó a su vida junto a su profesor que tuvo que decirle que cambiara de instrumento porque estaba provocando daños en los oídos.
Tres años después estuvo inmerso en lo que fue el boom de la Nueva Ola en los 60, integrando grupos como The Challengers y The Boomerangs. Con 22 años tocaba junto a las bandas que integraba en escenarios de colegios y universidades. Compartieron con Los High Bass, que años después modificaron su nombre a Los Jaivas.
The Challengers tuvo presencia en la competencia en 1966 en el Festival de la Canción. También participaron en la bohemia del Casino de Viña del Mar, con Peña como integrante.
Si bien la música era lo que le apasionaba, se desempeñó como publicista en la agencia J. Walter Thompson a comienzos de los 70. Su imaginación le permitió la posibilidad de viajar a Inglaterra con el fin de perfeccionarse y seguir en la empresa. No obstante, al momento de regresar a Chile, su pasaporte había desaparecido: el 11 de septiembre de 1973, los militares salieron a las calles y el Golpe de Estado había llegado.
Peña, sin ser un perseguido político, se transformó en una persona sin identificación. El motivo del documento extraviado fue por haber trabajado para la Unidad Popular.
Sus inicios nunca dieron un presagio de lo que iba a vivir años después.
Dicen los que lo conocieron
Sentado en las afueras de su oficina en la Radio Valentín Letelier, con nerviosismo y su mano vendada, se encuentra René Cevasco, periodista especializado en música, quien en reiteradas ocasiones ha entrevistado y escuchado en vivo a Peña. Dice que la primera vez que escuchó su nombre fue entre los murmullos del Puerto, de un hombre que estuvo con Joe Strummer. Pocos le creían, muchos lo tildaban de loco.
Antes del cambio de milenio, previo al 2000, el músico estaba tocando en un acto contestatario en la calle Valparaíso, precisamente en la plaza María Luisa Bombal, cuando Cevasco lo vio: “En ese momento tenía una banda con Rodrigo Catalán y el Toto Álvarez. Tocó unos temas, y su música no era punk, en el sentido de lo eléctrico, pero me pareció punk que él tocara ‘La vaca lechera’, una canción para niños porque uno espera que exista una ruptura con lo establecido y eso me alucinó”.
En forma de homenaje escribió ‘Señales Crujientes’, libro que no tuvo la difusión que se esperaba. Aun así, el protagonista de esta historia le agradeció el trabajo que había hecho. “Me dijo que era un artista, y que sólo los artistas podían entender lo que él quiso hacer como arte”, relató el comunicador.
En el ejemplar se destaca que él tuvo que rehacer su vida y el haber asistido a un colegio inglés, le permitió comunicarse de mejor forma con los británicos, haciéndose conocido de unos jóvenes desempleados, aventureros y amigos al margen del sistema, que usaron como hogar una casa okupa que tenía el número 101.
Ahí llegó un desconocido individuo que cantaba y tocaba guitarra: Joe Strummer ingresó al nuevo hogar que se estaba conformando, llegada que hizo formar a The 101’ers, banda integrada por Peña, Strummer y sus amigos. Tiempo después, Strummer se hizo conocido como líder de The Clash.
A tres meses de cumplir 31 años, el 7 de septiembre de 1974, la agrupación hizo su debut con una versión de una canción de Chuck Berry. Fue el primer evento de muchos junto a su saxofón hasta que un año después decide dejarlos para formar su propia carrera musical.
En una gira que Los Jaivas hicieron a Europa, se detuvieron en Francia. Peña junto a su esposa alemana, en ese entonces, fue a visitarlos para saber cómo estaban y mostrarle su nuevo disco. No fue un buen recibimiento, porque estaban ocupados preparando el espectáculo. Al día siguiente estaban donde alojaba la banda y un productor lo detuvo para decirle que no querían ese disco porque era punk. “Fue bastante triste esa historia, porque éramos amigos, yuntas”, señaló en un conversatorio que captó la Radio Universidad de Chile.
Los políticos y los chilenos no respetaron el arte de Álvaro. El Partido Comunista, después del lanzamiento de su disco Drinking my own sperm (Bebiendo mi propia esperma) en español, lo trataron de homosexual, degenerado e irresponsable. No hubo aceptación al pensamiento de un punk del que en algún momento fue chileno.
Como que si alguien viniese escapando del invierno europeo, que tan extremo se ha vuelto con los años, el músico regresa al país donde nació, con el fin de visitar a su hijo César Peña Ortigosa y a su nieto, presentarse en algunas tocatas en bares para deleitar su espectáculo y recordar amistades. “Tanto con mi hermana como mi exesposa, no tenemos ninguna relación”, relata el músico desde Alemania.
Claudio Arcangeli Casarino es hijo de Silvia Casarino, quien le arrienda al músico cuando pisa tierra chilena. “Él siempre viene en el verano y es muy alegre. A ratos se coloca a cantar por dentro de la casa de la nada”, cuenta.
En su último pensamiento reflejado en su canción como oda a la Ciudad Porteña, destaca una decisión que es difícil de aceptar, pero ya está: “Álvaro de Valparaíso, Álvaro de Valparaíso, Valparaíso que me vio nacer, que me vio nacer, que me vio nacer, nunca me verá morir”.
Cevasco, el autor del libro homenaje, dice que “Álvaro tenía un gran ego, por un lado lo ha llevado a tener distensiones con sus cercanos, pero eso es él, y a medida que va envejeciendo se le han quitado esas tonteras”.
Su personalidad histriónica y un ego que lo llevaba por las nubes, choca hasta ahora. Marcelo Basaure, dueño de la disquera Stone Records, lo recuerda junto a su niñez, mientras está sentado en un sofá escuchando jazz. Dice que lo conoció en los 90 por su papá quien “trabajó junto a Álvaro en el Casino de Viña del Mar. Cuando venía a Chile, siempre le pedía a mi mamá que le regalara pan de pascua, mientras que a ella no le simpatizaba porque eso era su trabajo. Eso no me gustó”.
Pirincho Cárcamo, comunicador especializado en música, se encuentra caminando por Santiago y dice que el músico no alcanzó a tocar punk porque es una protesta juvenil sin idea de música, siendo que él sabía de música y expresaba lo que ocurría entre su círculo.
Hablar de legado – según el vocalista de Fiskales Ad-Hok, Álvaro España- no es bueno porque aún está vivo el artista. “La conexión de Strummer es el mérito, pero él trajo el espíritu del género con la forma de vivir y deja un mensaje de no vestirse como tribu”, declara España sobre el pionero del punk en Chile.
Actualmente se encuentra viviendo en Constanza, Alemania. Se encuentra soltero, pero ya se ha casado con dos chilenas y una alemana. Dentro de unos días, estará en Londres para preparar su nuevo material. Tan importante es en Europa que incluso estuvo dando una charla sobre el punk a nivel mundial, siendo que es uno de los pioneros que está quedando. “Como nunca consumí drogas ni alcohol, tengo la cabeza bien clara y los otros ya no están”, recalcó tras el contacto telefónico mientras caminaba por las calles de la ciudad que lo acogió.
Dice que el 2017 ha sido un gran año: de estar en Portugal y en un festival en Lituania, similar a Rockódromo, evento que posiblemente lo tenga en el escenario.
Muchos pensamientos se juntan al hablar sobre Peña. Algunos valoran su trabajo musical como una forma de romper lo establecido; otros, incluso sus familiares, no lo valoran por su manera de ser que lo ha llevado a triunfar como también a perder. Como Valparaíso nunca lo verá morir, el recuerdo queda en quienes lo conocieron y lo valoran hasta ahora.
Existe un dicho popular que encarna desesperanza, tristeza y triunfo porque ‘nadie es profeta en su tierra’, y seguirán pasando los años, donde muchas historias serán como la de Álvaro, que su misma vida hizo que se radicara en otro país, otra cultura. De perdedor a triunfador y de triunfador a perdedor.
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