Ayer le “achuntó”, señor Presidente

MLo formalSuelo no coincidir mucho (en realidad, casi nada) con Usted, señor Presidente, pero a esa frase medio patuda –pero también medio asertiva- lanzada este miércoles, mientras inauguraba un embalse en Putaendo, le encontré harto de razón. “Chile es mucho mejor que lo que vemos todas las noches en los noticiarios de televisión”, dijo. Sorprendente, raro, escucharlo del jefe de un Gobierno que ha hecho de las comunicaciones (y por ende, de la “dependencia” de la TV) un eje fundamental de su programa, y más aún escucharlo de un ex dueño de una estación de televisión.

Aunque lanzada con cierto aire naif y con bastante mala memoria (recordemos cuan provechosa a su campaña le fue el lineamiento editorial que tomó el noticiero más visto del país en el canal que le pertenecía), su frase acusatoria plantea, en primer término, una crítica que se palpa en el ambiente, no sólo desde la academia, sino en la calle. Se oye de vecinos, estudiantes, ciudadanos, consumidores de TV, sobre todo en el último año: el nivel de nuestro periodismo televisivo viene en decadencia.

Es un hecho. La noticia en TV opera sobre la base de cánones distintos. Importa la imagen, la noción de espectáculo, el olvido de hechos que han perdido “actualidad”, la potencialidad comercial que ofrece el interés que pueda despertar (rating) una agrupación de temas diversos en un breve espacio de tiempo. Un estudio realizado por la UC otorga base para refrendar lo anterior: tras analizar las pautas noticiosas por dos semanas de UC-TV, TVN, Mega y CHV, se comprobó el reduccionismo temático que opera, la pobreza textual y la reiteración de fuentes, entre otros fenómenos.

La no-noticia (el precio de los helados, el miedo de un ejecutivo a las palomas, etc.) termina haciéndose habitual en la pauta y, peor, peligrosamente imponiéndose –según la teoría de la Agenda Setting- como una superficial forma de pensar. Críticos que analizan el fenómeno desde la perspectiva de la hegemonía de los medios, como Noam Chomsky o Ignacio Ramonet, hablan de que éstos, especialmente la TV, han perdido su “noble función” de resguardar los valores democráticos, y en vez han impuesto un método de entrega de información –no necesariamente de la “verdad”- basado en la simplificación, espectacularización y mercantilización, lo que deriva en la “indiferencia” de las audiencias, en un forzado consenso apático.

Desde esa lógica tiene razón, señor Presidente, al criticar a nuestra tele, a la vez despertando (y aquí mi segundo punto) un involutario e insospechado debate de ribetes filosóficos –que tiemble Arturo Martínez- sobre la construcción de realidad que hacen los propios medios. Y así, mientras Usted–¿¡otra vez!?- tiene razón al deslizar que “hay otro Chile” distinto al que muestra la tele, reconociendo que la realidad mostrada por los noticieros no es la realidad sino la interpretación de ésta; el ex vocero –y ex mandamás de TVN- Francisco Vidal es harto más inocentón, creyendo en la famosa metáfora de la Ventana de Gaye Tuchman, ya que postula que lo que se muestra en pantalla chica es, justamente, lo que efectivamente ocurre: la realidad. Tal cual, sin añadidos.

Y aunque tentadoramente la pugna podría reducirse a una pelea entre ex ejecutivos televisivos, es igual de tentador pensar que lentamente la autoridad y la ciudadanía están prontos a desnudar una parte importante del cuarto poder –la TV- en sus circuitos más ocultos, develando un secreto otrora sólo conocido por el periodismo, cual es la manipulación (entendida en su acepción simple y en la maquiavélica) de la realidad y las verdades que allí hay, los criterios económicos, sociales y políticos que operan en ese manejo de las “noticias”, y las dimensiones éticas que tiene ese ejercicio. Y esto, a mi juicio, es un paso que se dio hacia la transparencia de esta labor, quizás sin querer, quizás sin pensarlo.

Pero así y todo, creo que ayer por fin le “achuntó”, señor Presidente.

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