La noche de los alfileres

 

No me preocupaba el taco ni que la micro estuviera llena: estaba sentado y tenía a mano la novela que me habían regalado hacía poco. Era una historia sobre un fiscal que se debatía entre su vida personal y las escasas cuotas de justicia en la contienda sanguinaria entre Sendero Luminoso y el fujimorismo.

En un momento, cuando di vuelta una página, la escolar que estaba sentada a mi lado, me detuvo con su mano. “Espera que me falta un párrafo”, me dijo. Ella también se había sumado a la lectura sin que yo lo notase, y estaba tan entusiasmada como yo con Abril Rojo del peruano Santiago Roncagliolo (1975). Nunca me había pasado algo así con un libro.

Aquel texto me gustó tanto que no dudé –recomendación de editor mediante- buscar la aún más rutilante El Príncipe de los caimanes. De ahí le seguí la pista a Roncagliolo, de quien supe después que era hijo de un canciller. Me topé con otros títulos en librerías, pero no recuerdo por qué no los compré. Hasta que tuve la oportunidad de cambiar uno que también me habían regalado, pero que no me animaba.

La noche de los alfileres (Alfaguara, 2016) es la historia a cuatro voces de jóvenes limeños prontos a terminar la secundaria en una época de bombazos y apagones: Carlos, hijo de un matrimonio en permanente disolución; Manu, expulsado de varios colegios; Moco, quien cuidaba a su padre alcohólico; y Beto, tal vez el más intelectual y enamorado de uno de ellos.

El cuarteto no ha sido reunido por inquietudes sino más bien por el desdén de sus docentes. Será ese mismo recelo el que los llevará a planear y ejecutar–sin medir su impacto- un acto despiadado. La novela es de aquellas en que te enfrentas a un dilema: lo único que quieres es saber cómo va a terminar y, a la vez, no quieres que concluya.

 

 

 

 

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