Pornografía casera

Carla StagnoOpción uno: Resignarse y/o saciar el impulso animal en el mall. (Sí, señores, muchas veces las compradoras compulsivas son ninfómanas encubiertas.)

Opción dos: Ver pornografía como enferma de la cabeza y luego quejarse por lo falso de los orgasmos, la falta de sexo oral femenino y lo predecible de la “trama”. (A estas alturas, más que lo hardcore de las posiciones, nos sorprendería que alguna vez los involucrados se comieran la puta pizza, ¿no?)

Opción tres: Guardar el pudor para la ida al ginecólogo, conseguirse una camarita amiga y asegurarse de que nadie entre a la pieza mientras tú te mandas una performance via online tan caliente, que hasta la pantalla del computador se vaya a negro.

¿Adivinen cuál fue mi opción? Debo reconocer que al principio me sentí de lo más ridícula al contornearme sola frente mi marido reducido en un pequeño y frío recuadro, pero poco a poco me fui soltando y cuando lo vi poner su cara de “quiero amarrarte y morderte”, comencé a gozarla. La al principio inquietante distancia se volvió de pronto excitante y me sentí como una quinceañera. ¡Seca para calentar la sopa!

Mi “acto” duró unos quince minutos, con baile, striptease, masturbación y actuación incluida. Jorge me alabó con aplausos y si hubiésemos estado en facebook, de seguro termino con un gran “me gusta” y hasta recomendación de página.

No será sexo en vivo, pero algo es algo. Mañana le toca a él subir al escenario y a mí ser la espectadora. La vieja califa que le pone los billetes en el calzoncillo al bailarín, justo al medio para poder ver aunque sea “la cabecita de la anaconda” (en este caso mandar billetes virtuales, pero en fin) La cosa es que se viene bueno. ¡Viva la tecnología!

Sigue a la autora de esta columna en @carlaguionista

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