Los marginados no temen

Los marginados no temen.

Quizás porque se aburrieron de vivir de a cinco o seis en casas de 40 metros cuadrados.

Quizás porque ven que sus padres se levantan a las 6 de la mañana para llegar a trabajos que quedan lejos, que son duros, que son eternos, por los que ganan menos de 400 mil pesos.

Quizás porque no entienden porqué sus abuelos, que dedicaron una vida a trabajar, reciban pensiones por debajo de los 200 mil pesos y deban seguir laborando en trabajos de mierda para subsistir. 

Quizás porque se aburrieron de que sus familias les cuenten a la hora de once que los atendieron mal en los consultorios o que llevan años esperando por un especialista en un hospital.

Quizás porque asumen que la educación que reciben es de segunda, y porque aunque pongan todo su esfuerzo para ir a la universidad, es probable que sean menospreciados en el mundo laboral por las comunas de las que vienen.

Quizás porque saben que sin la tarjeta del supermercado o la multitienda no podrían llegar a fin de mes, ni comer ni vestirse. Trabajan para endeudarse… pero especialmente, para sobre endeudarse.

Los marginados salieron a la calle y el poder les teme. Les teme a ellos, reacciona a ellos, hace anuncios contra ellos, no a los que marchan con carteles y se reúnen a cantar en una plaza.

Quizás les teme porque saben que ellos no temen. 

Quizás les teme porque les puede poner pacos y milicos en frente, pero los marginados van a tratar de seguir. Quizás porque llevan sus vidas, las de sus padres, hermanos y abuelos buscando la ocasión. 

Quizás porque sienten que hoy pueden responder y pegar donde más le duele, atacando sus calles, su comercio. Porque ellos no se rebelan marchando. Lo hacen lanzando piedras, encendiendo barricadas, entrando a un supermercado o a una farmacia para saquearlos.

Quizás es porque saben que Piñera y los políticos les prometerán cambios que ellos no verán, porque quieren que todo cambie ahora y eso no pasará. Porque nunca pasa.

Quizás porque se las ido la vida esperando que los cambios lleguen.

Quizás los marginados se aburran o se cansen de “vandalizar” y se retiren a sus casas de 40 metros cuadrados. Quizás porque sepan que cada vez se va a poner más difícil meterse en masa a una tienda y es mejor disfrutar de los televisores, computadores y celulares que llevaron a sus hogares. Quizás, desde ellos, seguirán viendo a los anuncios de medidas hechas por mesas técnicas en la que nunca, jamás, y era que no, habrá un marginado. 

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