¡No puedo creer que no sea cierto!

Juan Ayala es académico del Departamento de Estudios Humanísticos de la UTFSMAnte la imagen de un modesto trozo de papel rojo, extendido en todo su formato, mostrando sus pliegues y orillas dobladas, se escuchó: “¡No puedo creer que no sea cierto!”, exclamaba voz en cuello una señora de la tercera edad tratando de tocar la pintura, lo que hizo sonar las alarmas de la sala Matta del Museo Nacional de Bellas Artes. Dos guardias la flanquearon, pero al ver su pelo cano y baja estatura, se retiraron en silencio. Esta fue una de las reacciones que me tocó presenciar en esa memorable exposición de Claudio Bravo en Chile, recientemente fallecido en Taroudant, Marruecos. Lo que se fue corporalmente es el creador, lo que queda es la extrema sensibilidad perceptiva declarada en sus obras, la que congregó a miles de asistentes en la exposición que se organizara en 1994, única oportunidad en la que el museo debió limitar el acceso para controlar el flujo de visitantes, número que supera a la exposición de la obra del escultor francés Rodin.

Nacido en Valparaíso en 1936, su vocación lo llevó a ejercer el oficio de pintor y lo tildaron de hiperrealista, fue un porteño que tomó una difícil decisión en los 70, cuando lo cómodo era desarrollar op art, trabajar en kinetismo, o hacer happening, decidió acoger sensiblemente la realidad. Ir a contracorriente de su gremio y de su tiempo no fue gratuito, fue criticado por acoger la realidad, pero no la representó como equivocadamente plantearon algunos, Bravo la acogía tal como su sensibilidad se lo admitía. En su obra esplende la limpidez atmosférica, el objeto se aísla en una atmósfera de vacío, que congela la mirada en una idealización observada por el ojo interior, no por el ojo óptico, aunque lo que se represente sea “como de la realidad”. Las cosas del mundo no son, ni límpidas, ni perfectas como si de un laboratorio saliesen. La obra de Bravo nos muestra la realidad como él la veía, perfecta en su luz de contorno, aunque fueran unas “Babuchas” sucias.

Esa luminosidad es la que los mortales alcanzan a observar, cuando ante su ojo se detiene por un momento la belleza de un objeto, el ojo lo aísla, lo reconoce, entra profundamente a él, y lo goza intensamente. La señora que quiso tocar el cuadro “Papel Rojo”, lo hizo porque en su inconciente en algún momento se internalizó ese instante, Claudio Bravo solo le trae a presencia ese momento fugaz cuando ella observó. La obra de nuestro pintor solo es un recordatorio de que alguna vez hemos observado. Alcanzar ese estado de observación lo llevó a vivir en Marruecos, cobijándose y cobijando la luz mediterránea en sus obras, impregnando los objetos con el recorrido de la luz durante el día, mostrándonos en lo más sencillo la belleza de las cosas, amparado en un ámbito donde la sensibilidad, la sensorialidad, y la sensualidad de la mirada se integran normalmente al cotidiano vivir. Su amigo el pintor Benjamín Lira me comentaba en 2008, que Bravo dejaba su finca de puerto Octay y se refugiaba completamente en su apreciado Marruecos, allí lo encontró la muerte. El Ministerio de la Cultura no alcanzó a entregarle la Orden al Mérito Pablo Neruda, habría sido un justo rescate de un chileno que nos prestigiaba en el mundo entero, hagámoslo con las generaciones que vienen, hagámoslo por los jóvenes talentos, ellos que aguardan en la sentina, merecen ver la proa del barco de la cultura.

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