El verdadero poder de tus dedos

Carla Stagno¿La razón de tanta y repentina habilidad manual? “Manu”. Sí, el mismo que conocí la semana pasada y que finalmente sólo llegó a ser un guiño al ego, pero que hoy me tiene cuestionando seriamente los límites de la infidelidad y -sobre todo- de la imaginación.

Porque admitámoslo. Imaginarse teniendo sexo con otra persona es claramente un tipo de infidelidad. “¡Mentira!”, dirán cruzando las piernas las mosquitas muertas asiduas a los revolcones mentales mientras se hacen la manicure a la francesa, pero todos sabemos que es así. Al menos, cuando se cruza el límite de la simple curiosidad y la imagen del “susodicho” (a) nos tiene tan fogosos que tenemos tres opciones: evitarla, gozarla y la peor pero más eficaz de todas, “utilizarla” a favor de la pareja estable. Así es, damas y caballeros, precalentar motores no siempre implica el mismo escenario ni mucho menos, los mismos actores.

“Manu”, por ejemplo. No tengo idea de su vida. Ni cuál es su apellido ni si tiene facebook, si está realmente separado como me dijo o vive en una casita con rejas blancas y todos los días come con sus hijos viendo el noticiero. No lo sé y no me importa, así como tampoco sé de qué tamaño tiene el pene y si su abdomen será tan tonificado como me lo imagino. ¡Pero eso sí me importa! Y el desconocer la respuesta lo hace sólo más interesante, abriendo un universo de orgasmos posibles. Más que “cuestión de gustos”, esto es de cuántos seas capaces de inventar. Los dedos en vez de pinceles y ¡magia! Sex Art.

Primera situación: “Manu” es un bruto. Me empuja contra la pared y raja sin culpa mi blusa institucional de mujer correcta. Me encanta. Me arroja a la cama y sin quitarme la falda se cuela en mí tirándome del pelo y tapándome la boca. “Aquí el que dirige soy yo”, me dice al oído. Y yo me entrego mientras grito en silencio el más glorioso de los rosarios sexuales.

Segunda situación: “Manu” es un dios de los masajes. Suavemente me recorre entera y cada vez que hunde sus yemas en mi piel, salen nudos y entran cosquillas. Hace el amor como el creador del Kamasutra. Le prendo velitas.

Podría seguir enumerando situaciones, pero creo que probé mi punto. La imaginación es lejos la manera más cómoda y barata de encender el deseo. El mismo que dejó a Jorge más feliz que viudo de verano cuando deposité en él –y sólo en él- toda mi curiosidad por el cuerpo de otro.

¿Infidelidad? Sí, pero al igual que algunas mentirillas blancas que no vuelves a pensar, me parece justa y necesaria. Todo sea por el bien común, ¿no?

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