Las mentiras y verdades a medias de Alan Pauls

paulsEscondido en el bello “Cirilo Armstrong”, un hotelcito boutique encaramado en lo alto de Valparaíso, Alan Pauls piensa, se mueve y despliega una sonrisa malévola, el mismo rictus que le ha dado fama extraliteraria (o digamos, audiovisual) como conductor del programa “Primer Plano” de I-Sat. Ademanes de escritor, con el histrión como condimento extra –pues hoy está devenido en actor de cine-, ofrece el trasandino, autor de “El Pasado”, con el cual ganó el Premio Herralde 2003, y figura cumbre de la narrativa hispanoamericana actual, según lo ungió nuestro universal Roberto Bolaño antes de morir (en “El gaucho insufrible”).

Como que juega a ser personaje, Pauls (Buenos Aires, 1959). Un artificio literario en movimiento. Intelectualista, cuidadoso, crítico con lo naif, aunque sin impostar. Le sale natural, creemos. No en vano es un convencido de que la mentira juega un rol crucial en la literatura, y desde esa rambla pregona –cierto- que un escritor puede decir verdades, pero es el lector quien debe estar atento a descubrirlas en medio de la falsedad, lo incierto y la memoria propia que un autor tanto esparce entre las páginas.

A Chile esta vez vino, por enésima ocasión, a charlar sobre la creatividad literaria en el marco del Festival Puerto de Ideas, que trajo a la capital cultural una pléyade de intelectuales y artistas de primer orden (entre ellos la búlgara Julia Kristeva, el italiano Carlo Ginzburg y el francés Marc Augé) a discutir sobre creatividad y pensamiento. Entre todos ellos, Alan Pauls, quien en un ameno diálogo con Rafael Gumucio diseccionó el oficio escritural y todas las mentiras que allí radican. Aunque antes –ejem, ejem- habló con nosotros.

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MENTIRAS

Sobre la actividad que en Valparaíso lo unió con el tartamudo-talentoso literato chileno, el autor de “Wasabi” y “El factor Borges” resume: “Hemos querido analizar esa atracción enfermiza que ejerce la naturaleza autobiográfica de los materiales con los que trabajan los escritores, que es algo que los lectores siempre quieren saber. No entiendo bien por qué, no veo qué interés puede tener un texto literario que parte de materiales autobiográficos. Es un enigma para mí hasta qué punto la ficción necesita de una dosis de verdad, y hasta qué punto tiene que estar ligada a la experiencia personal del escritor. Porque es un hecho, los lectores quieren ver escritores más que libros”.

– En tus obras han convivido la Historia, las historias y tu propia historia. ¿Cómo se da esa sinergia entre esas dimensiones?

“Para mí es la misma historia. Todo mi trabajo literario tiende fundir esos tres planos en uno solo, donde esas tres dimensiones están totalmente entrelazadas. Mis novelas son tan personales y ensimismadas, como históricas. Yo lo pienso así. La particularidad, creo, es que me gustaría que en mis novelas al menos cada episodio, aventura o reflexión íntima sea leída como una reflexión mucho más general. Pero todo lo que hago en literatura tiende a mezclar los planos de lo íntimo y de lo público”.

– En ese sentido, plasmas cierta honestidad como escritor…

“No, no hay ninguna honestidad, porque sencillamente no creo en ella. Es un punto importante para mí, porque es una virtud totalmente sobrevaluada y mucho más en el arte. Me parece que la honestidad es un valor que no tiene ninguna pertinencia para juzgar una obra artística, más cuando creo que los escritores siempre mienten. Y sobre todo mienten cuando juran que están diciendo la verdad. Los escritores son comediantes, como cualquier otro sujeto social. Lo que pasa es que lo que hay que aprender a leer es la verdad en la comedia, en el engaño o en la ficción. Pero no pretendo absolutamente encarnar ninguna posición de honestidad en relación con la literatura”.

– Pero, ¿tampoco has sentido algún grado de pudor o temor de plasmar demasiado de ti, de desnudarte mucho en lo que escribes?

“Es que tampoco creo que los escritores se desnuden cuando escriben, ni siquiera cuando confiesan lo más inconfesable. Escribir básicamente consiste, primero, en abolir la persona que escribe. Y después en travestir lo que queda de esa persona una vez que se la ha borrado. De modo, que escribir es lo contrario de desnudar. Es sobrevestir, disimular, esconder. Ahora, eso no quiere decir que no tenga que ver con la verdad. Pero ya no somos ingenuos: no creemos que cuando una persona está desnuda está diciendo la verdad. La desnudez puede mentir tanto como el más espeso tapado de piel”.

DINERO Y POLÍTICA

– Nos has presentado ya dos partes de una triología de nouvelles (“Historia del llanto” e “Historia del pelo”) en que te posas en los ’70 y lo duro que fue para Argentina (y para ti) esa época. Ahora viene “Historia del dinero”, un tema muy contingente para un país que parece depender en exceso del dinero y sus vaivenes. ¿Lo crees así?

historia-del-pelo“Lo genial del dinero es que no pasa de moda, y cuando más abstracto se vuelve, más de moda está. Al mismo tiempo, esta trilogía es sobre los imaginarios que se movían alrededor del dinero en los 70: la economía demencial, la hiperinflación, los mercados negros y economías informales, toda esa doble vida de comportamiento económico. Y por otro lado, todo el dinero que se movía alrededor de la política de una manera particular, y cómo se fue reconvirtiendo gracias al capitalismo. Lo perturbador del dinero es que es una especie de mecanismo histórico de transmisión de cosas muy aterrador: o sea, el mismo dinero que en los 70 nació de un secuestro extorsivo, por ahí hoy es el dinero que hace una cadena de hoteles, por ejemplo. En ese sentido, creo que el dinero sigue siendo el elemento más perturbador que existe en nuestra sociedad, una cosa ambigua, adorada y detestada. Una cosa deseada, que produce fantasías”.

– Aún así, en esa época el dinero servía a las ideologías. Hoy el dinero en sí es la ideología…

“Es verdad. Pero creo que la única razón por la cual la política es necesaria en el mundo, es para oponerse al dinero. Siendo sinceros, tenemos dos opciones como sociedad: obedecés al dinero o a la política. Y me parece que sigue siendo preferible la política. Por eso hay que apoyarla. La opción a la política es el dinero, y sabemos que es el horror total, que es volver a la prehistoria de la humanidad siempre. La política es siempre estar un poquito más adelante. Pese a que en los 70 había algo más poderoso que el dinero – la política-, y aún cuando también fuera demencial y estuviera lleno de sangre y delirio, eso era preferible a la dictadura del dinero de los 20 años que siguieron. Esa no es una vida agradable para nadie, ni para el que sufre su falta, ni para quienes aparentemente lo tienen: cuando el dinero se vuelve el organizador social, es una catástrofe”.

– Volviendo a los ’70, ésta fue una época compleja para Argentina y Latinoamérica. ¿Cómo extrapolar ese pensamiento “setentero” hacia esta nueva época, donde la juventud ha vuelto a energizar su discurso?

“A través del entusiasmo. Yo creo que lo único común entre los años 70 y esta coyuntura que está viviendo Latinoamérica es el entusiasmo. Hay entusiasmo, y por primera vez en mucho tiempo está ligado a la política, tras 20 años de reprimir el entusiasmo y convertir a la política en una práctica anodina de burócratas, hoy ambos elementos se articulan de manera sorprendente. Lo demás no tiene nada que ver. Pero la verdad es que me interesa mucho más esta forma de hacer política que la forma a ‘todo o nada’ de los 70, aún reconociendo la dosis extraordinariamente adictiva, de pasión y de épica que había en el modo político de esos años. Me parece genial que la política pueda recuperar ese entusiasmo que había perdido por completo, sin que uno tenga la impresión todo el tiempo de estar como al borde de alguna clase de abismo, que como hemos conocido en nuestro continente, son abismos dictatoriales atroces y siniestros”.

PAULS, CHILE Y EL CINE

– Entre tus planes venideros hemos sabido que lanzarás en Chile (junto a la UDP), “Temas lentos”, una compilación de crónicas. Como viajero entre géneros, ¿te has sentido cómodo como cronista?

“No soy un cronista profesional, porque no soy un periodista profesional y nunca lo voy a ser tampoco. Pero me gustan mucho algunos géneros de la crónica, aquellos que uno practica por placer, como el diario de viajes o hacer perfiles de alguien. Pero siempre las crónicas responden a entusiasmos muy específicos y a lugares o personas concretas. Este libro recopila todo lo que hice en no-ficción en los últimos 20 años, cosas que escribí para la prensa, ensayos críticos, conferencias, diarios íntimos. Es un barrido del horizonte de la no ficción”.

– Además de este libro, se hacen habituales tus visitas a Chile. Del mismo modo es insoslayable la referencia que hacía Bolaño de tu obra. ¿Cómo se va dando esta vinculación con nuestro país?

“Me parece que estoy descubriendo Chile y su literatura. Salvo cosas muy puntuales, me parece que durante un tiempo no presté mucha atención, lo que es común como argentinos, siempre ensimismados o preocupados de nosotros mismos. Pero me ha ocurrido como con Brasil hace unos años. Supongo que me gusta ser curioso y Chile se convirtió en un objeto de interés para mí. Y empieza a haber una comunicación real: vengo más, tengo relación con personas, la ciudad tiene valor para mí. O sea, ya no vengo como turista, lo que es paradójico porque tampoco conozco nada, pero estoy haciendo experiencia con Chile. Hoy tengo un editor, que es Matías Rivas (UDP); estoy leyendo más libros chilenos, a Juan Emar (‘Un año’) o a Roberto Merino (‘En busca del loro atrofiado’), que me encantaron. Estoy empezando a orientarme y la paso bien. Cada vez que vengo me divierto, además que hay una cierta maldad familiar”.

– ¿Cómo así?

“Hay algo de cierta maldad en la manera en que los chilenos hablan mal de sí mismos. Reconozco una punción malévola muy familiar. Aunque los argentinos somos más sentimentales, tenemos esa cultura de la autodenigración. Me parece que hay una malignidad común entre chilenos y argentinos, una manera de ejercer el mal hablando con la que me siento muy identificado”.

– Siempre has estado ligado al cine, como guionista e “inspirador”. Hoy has dado un giro y estás actuando (“La vida nueva”, de Santiago Palavecino). ¿Planeas proyectarte al otro lado de la cámara?

“No, no. Lo hice sólo porque me gusta trabajar con este director, que me llamó para ‘La vida nueva’. Lo mismo este nuevo proyecto (Cesare) Pavese (N. de la R.: llevará al guión la novela “Entre mujeres solas” de este autor), lo hago porque me gusta, me llevo bien con él. Pero no hay nada más que una especie de entusiasmo muy puntual. Es sin ninguna ínfula y no me creo nada. Es como una travesura total, un entusiasmo perverso que tengo. Otros se enamoran de zapatos, yo me divierto con esto de actuar, pero en esas circunstancias. No sé actuar, no soy actor, soy un desastre”.

Y aparte de lo de Pavese, ¿seguirás en proyectos como guionista?

“No, no creo que vaya a escribir mucho más. Nunca fui un buen guionista y tardé mucho en darme cuenta. No tenía talento. Salvo que me vea involucrado como escritor, en un proyecto cinematografico que me guste, prefiero mil veces escribir como crítico”.


Fotos: Nosdigital, Google y Anagrama.

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