¿Quién se sienta a mi mesa?
La mujer que ha colocado las copas más relucientes y ha cocinado sabrosos platos, no está incluida en la mesa donde la familia comerá con sus invitados. “En estas mesas se suele hablar de la pobreza y de la desigualdad del país”, ironizaba un amigo de mi padre.
Por: Daniel Avendaño
Crecí en una casa donde la mujer que hacía mil cosas -limpiar, ordenar, planchar, cocinar, cuidarnos a mí y mis hermanas cuando mis padres no estaban- era relegada a la cocina o segundo comedor cuando el resto -es decir, la familia- almorzaba. No era -y no es- una práctica anormal: lo veía en casas de amigos, de familiares, y se reproducía -y sigue haciéndose- en las teleseries chilenas.
Esta mujer era la que cumplía el rol de nana, una palabra que nunca me ha gustado y que cuando me tengo que referir a ella doy largas explicaciones para nombrar lo que a todos les parece obvio: un nombre ciertamente despectivo para quien vive una incoherencia que se cultiva en el lugar más íntimo.
En esta discriminación, una de las más clasistas que pervive en muchos hogares de nuestra Larga y Angosta Faja, reside la contradicción de postergar a la persona en quienes se confía lo más querido -los hijos- a una habitación de rango menor. Presumo que a los extranjeros que visitan nuestro país les debe costar entender esta situación. Tampoco deben comprender que los empleadores y sus familiares sean -y exigen ser- tratados como don o señora y que no hacerlo constituye más que una falta, una causal de despido.
Pero la discriminación no se queda en ese vil anacronismo de dividir o seleccionar quién se sienta a tu mesa, también se ejerce extramuros: al visitar otra casa, la mayoría saluda de beso exclusivamente a los miembros de la familia y en un gesto raudo, casi una mueca, se saluda a lo lejos a quien oficia de nana, un hecho que bien había advertido la psicóloga Isidora Mena.
La contradicción ha sido resuelta con lentitud extrema: recién en marzo de 2011 se igualó el sueldo mínimo al de empleada doméstica, es decir, a nadie le molestaba que se les pagara menos y trabajaran más, sobre todo aquellas que laboran puertas adentro y que inician sus tareas apenas sale el sol, una práctica que más bien suena a resabio del inquilinaje. Mientras, seguimos culpando a otros por el país de aberrante desigualdad en que vivimos, cuando una de las más tristes la provocamos cada día a la hora de almuerzo.





