Administración de la rabia

Mi suegro me ha contado al menos unas tres veces la historia, generalmente al final de asados de domingo, cuando las brasas ya no calientan. Él, que pertenece a una generación –al menos una parte- devastada por la rabia y el miedo de vivir en dictadura, estaba aquel día en una manifestación pacífica en el Campus Oriente.

Tendría unos veinte años y eran unos cincuenta universitarios que –me asegura- no estaban haciendo nada salvo protestar, hasta que apareció una pandilla –por decirlo de algún modo- de jóvenes también universitarios pero premunidos de palos y linchacos, esas armas nefastas de la ultraderecha ochentera. Les pegaron a todos, quizás a todas. Obviamente, la protesta se disolvió y los victimarios no obtuvieron sanción alguna. Era la triste tónica de la época.

Aquel relato me lo ha contado –las tres veces- serenamente hasta que agrega que algunos de los golpeadores treparon muy alto en el poder político. Ahí da paso a una mueca de enfado, pero sobre todo de desesperanza. En gran medida, creo que sintetiza su distancia voluntaria de algunas instancias políticas.

No es difícil imaginarse la escena en el patio del Campus Oriente: golpes, alaridos, odio parido. Basta revisar un par de los miles de testimonios que están disponibles en bibliotecas públicas y privadas, y también en línea, sobre lo que se vivió durante 17 años para hacerse una idea. Aquella vez –la del relato de mi suegro- no eran ciertamente agentes del Estado, sino civiles escudados en la impunidad de la época.

Durante estos días, al revisar videos que llegan de diversos puntos del país -la mayoría creíbles- observamos y nos espantamos ante las imágenes que nunca pensamos que volveríamos a ver; de paso, parecen reeditarse aquellos golpes, aquellos alaridos, aquel odio parido. Esta vez sí fueron agentes del Estado, amparados en instrucciones de autoridades, al menos, insensatas.

La rabia es, en una suerte de definición, el sentimiento inmediato ante la injusticia que ejerce quien tiene el poder ante el que no lo tiene. Las hay de muchos tipos y generalmente le siguen deseos de venganza. Así, la que ha comenzado a inocularse en estos días, una tan parecida a la de los ochenta, tendrá algunos brotes inmediatos, pero otros tantos irán germinando en un futuro mediato, insospechado.

Tal vez las marchas históricas, la calle habitada por una transversalidad a la que no estábamos acostumbrados, la creatividad juvenil a raudales, hagan que esa rabia se redima y no se convierta en llaga latente. Por lo pronto, tendremos que esperar y, de paso, confiar que esta vez las sanciones no se diluyan ni que la impunidad se transforme en la mueca rabiosa que acompañe nuestra memoria.

Un comentario

  • Gina Correa Carroza

    Me estremeció este artículo porque reviví ese tiempo igual como me está pasando en estos días de violencia injustificada
    Gracias por plasmarlo tan bien

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