“Claudio Arrau detestaba cualquier tipo de dictadura”

arrau-leon“Yo tenía 20 años cuando el maestro se ofreció a enseñarme a tocar piano, pero en su casa en Estados Unidos. En esos días yo vivía en Santiago, trabajaba y me había casado hacía poco. Entonces mi esposa quedó temporalmente ciega –después recobraría la vista- y no acepté la invitación. Así me libré de ser pianista”, cuenta con sutil ironía Sergio León, tal vez el mejor conocedor de la vida de Claudio Arrau León (1903-1991), según muchos el mejor pianista del siglo XX.

Al cumplirse un año de la muerte del músico chillanejo en la localidad de Mürzzuschlag (Austria), la Universidad de Chile organizó un concurso de ensayos sobre la trayectoria de quien fuera galardonado con el Premio Mundial a la Música, otorgado por la UNESCO en 1983, entre otras tantas distinciones.

Se presentaron decenas de trabajos, pero el primer premio se lo llevó este arquitecto, quien había recopilado diversas anécdotas en los cerca de cuarenta años que conoció a Arrau. “Un día me puse a escribirlas y conformé un manuscrito; le regalé una copia a Claudio. Yo desde niño lo admiraba, pero antes de conocerlo, pensaba que se llamaba Claude D’arrau. Hasta que mi mamá me dijo que era un pariente de mi padre”, admite Sergio León.

– ¿Cómo lo conoció?

“Yo tenía entre 13 y 14 años cuando vi un afiche suyo y fui a verlo tocar al teatro y luego me dirigí al Hotel Crillón donde se alojaba. No me permitieron saludarlo, pero dejé mi tarjeta con mi nombre y mi número. A los días después, contesto el teléfono y una voz grave dijo ‘Aló, habla Claudio Arrau”, y acordamos una cita para conocernos”.

– Ahí se dieron cuenta que eran parientes.

“No pudimos encontrar el parentesco, pero ambos coincidimos en que debíamos ser parientes. Después me invitaba a los conciertos”.

– ¿Y después, cómo se comunicaban?

“Cuando Claudio venía a Chile, yo lo visitaba en la casa de su madre. La señora Lucrecia, que vivía junto a su hermana Celina, en una casa cerca de Vicuña Mackenna”.

– ¿Qué es lo que más recuerda de él?

“Siempre fue muy humilde y muy sencillo. Claudio decía que era producto de la casualidad. Su padre se murió al caer de un caballo cuando tenía un año y su madre se tuvo que dedicar a tocar e impartir clases de piano. Él se entretenía leyendo partituras, aprendió a leer música antes que libros”.

– Después sería becado a estudiar a Alemania con un discípulo de Franz Liszt.

“En realidad, la que logró esto fue la pianista chilena Rosita Renard, una encantadora persona, que había sido discípula de Martín Krause. Ella fue la que convenció a la mamá de Claudio para dejara al otro profesor que no le permitía desarrollarse y se lo presentó a Krause. Ahí comenzó el despegue”.

Sergio León– Después dejó Alemania para radicarse en Estados Unidos.

“El nazismo ya arreciaba. Claudio le hacía clases a un ex alumno de Krause. Un día este alumno estaba tocando en un teatro y llegaron los de la SS (aparato de seguridad nazi) y se lo llevaron y lo ahorcaron afuera del teatro. Arrau no soportó, hizo sus maletas y se fue. No soportaba ninguna dictadura, no fue a España mientras estaba Franco, a Rusia fue sólo una vez pero no cuando estuvo Stalin. Por eso no venía a Chile cuando estaba Pinochet”.

– ¿Cuál era el aspecto desconocido de Arrau?

“Era muy goloso, le encantaban los dulces chilenos. En una de sus últimas visitas a Chile, se alojó en el Hotel Carrera (actual Cancillería) y nadie lo podía visitar. Yo fui a visitarlo y no me dejaron entrar; la recepcionista me dijo que se pasaba pidiendo empanadas de pino y queso. El 81 fui a verlo a Brasil, donde iba a dar unos conciertos. Llegué hasta su hotel y nadie sabía dónde estaba. Pero yo miré la hora y supuse que debía estar en el comedor tomando once, y allí lo encontré. Estuvimos hablando un rato pues me dijo que tenía que ira a estudiar. ‘¿Todavía estudias?’, le pregunté y él me respondió ‘Sí, pero un poco, seis horas diarias no más’. Tenía 77 años”.

– ¿Cuándo fue la última vez que lo vio?

“Cuando le entregaron el Premio Nacional de Arte (1983), también dio una clase magistral en el salón filarmónico del Teatro Municipal de Santiago. Había mucha seguridad, incluso un grupo de ratis (detectives) hizo un cordón humano y yo me metí entre ellos. Cuando Arrau pasó al lado nuestro, yo lo saludé y me preguntó extrañado qué hacía allí. Nos dimos un abrazo e intercambiamos un par de palabras. ‘El manuscrito que me diste hace unos años es lo mejor que se ha escrito de mí”, me reconoció”.

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