Parrillas a gas y antropología del asado

Un amigo me contó que dada su nueva realidad de profesional joven en departamento tipo colmena, tuvo que sucumbir a las parrillas de gas para celebrar el Dieciocho como don Ambrosio manda. El Negro, insigne parrillero de incontables asados, tendrá que reducir su arte milenario a voltear abastero en dos metros cuadrados.

Por:

Diego_ValderramaEsta verdadera crisis urbana del asado chileno me llevó a pensar en toda la carga simbólica, antropológica si se quiere, del evento de reunirse en torno a la carne chamuscada. Pensemos en Urk, ese Homo Erectus que hace 500 mil años botó sin querer una posta de bisonte sobre las brasas humeantes de su caverna. Al rato los vecinos de Urk se asomaron con curiosidad para ver de dónde venía esa fragancia irresistible y más de alguno se dejó caer con patitas de jabalí (o una ensalada de berros, si no era bueno para la caza). Con algo de suerte, incluso se les habrá fermentado un par de manzanas que tenían por ahí.

De ese asado prehistórico, y a lo largo de los siglos, se fue arraigando en lo más profundo de nuestro ADN la fascinación hipnótica del carbón ardiendo, el placer de reunirse con los tuyos en torno al fuego y de saborear con los ojos los jugos que rezuman de la carne mientras se asa.

¿Por qué a los hombres nos gusta tanto el asado? Quizás nos conecta con ese YO primitivo, casi animal, que vive latente en el alma de cada ciudadano que usa camisa y pide las cosas por favor. Desde la distancia de los siglos, se asoma por los ojos satisfechos de todo asador moderno, aquel supremo cazador que dominó a la Bestia Roja Que Quema; el que volvía luego de semanas cargando un caribú sobre sus hombros y lo lanzaba sobre las llamas, el que resolvía sus diferencias a mazazos y tomaba mujeres entre bufidos para asegurar la especie.

Así que lo siento por El Negro pero una parrilla a gas le hace al asado lo que una olla al curanto. Un asado a gas, no es ni siquiera un parrillada: es quizás ese símil plástico que los gringos llaman barbacoa, pero todo chileno, argentino, uruguayo o paraguayo sabe que el verdadero asado nace de las brasas de un buen carbón.

Así que amigo, compatriota, hermano de clan, si vas a arrojarte a la empresa de preparar un asado, recuerda que eres heredero de quizás la tradición más antigua de nuestra especie, y que desde las brasas de tu parrilla 500 milenios te contemplan.

PD: Ten algo de dignidad y no uses el secador de pelo.

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